
Algunos animales permanecen condenados a la sombra, incluso cuando su papel en el equilibrio de los ecosistemas no deja lugar a dudas. Las grandes operaciones de salvaguarda prefieren a las estrellas del reino animal, mientras que toda una cohorte considerada indeseable o banal es sistemáticamente relegada al segundo plano.
Esta selección se cuela incluso en los manuales escolares, los carteles de sensibilización o los proyectos científicos. Se evalúa la fauna a través de criterios arbitrarios, la belleza o la utilidad, y se excluye sin más trámite a aquellos que no se ajustan a ellos.
Animales poco queridos: reflejos de nuestros prejuicios y reveladores de nuestra relación con la naturaleza
El rechazo o la indiferencia que afecta a ciertos animales no es casual. Nuestra mirada hacia el mundo animal se construye lentamente, alimentada por creencias, historias transmitidas o nuestras costumbres colectivas. El burro, blanco de cuentos burlones, el lobo, figura temida en la imaginación europea: cada especie apartada cuenta un capítulo de la fractura entre el hombre y la naturaleza. Como señala Pierre Jouventin, ecólogo y director de investigación en el CNRS, el animal considerado “fallido” es a menudo aquel que no sirve, que molesta o que da miedo.
Esta lógica se infiltra incluso en la gestión cotidiana de las especies. Los zoológicos y acuarios apuestan por las estrellas, relegando a la sombra a aquellos que no generan ingresos. Sin embargo, defender el bienestar animal no debe limitarse a las mascotas fotogénicas. Se vislumbra un cambio en algunas reservas zoológicas, en Francia y en otras partes de Europa: se esfuerzan por mostrar que cada especie, ya sea notable o discreta, contribuye a la riqueza de la vida salvaje.
Los estereotipos se expresan hasta la caricatura con el famoso pez que es feo, este blobfish cuya fisonomía intriga y repele a la vez. Sin embargo, como recuerda el artículo “El pez más feo: adaptación y supervivencia del blobfish – Blog Animaux”, esta criatura es una obra maestra de adaptación en estado salvaje. Su supuesta fealdad solo refleja nuestros propios códigos estéticos, sin relación con su lugar en el mundo vivo.
Devolver una existencia a estos animales menospreciados también implica cuestionar el antropocentrismo que guía nuestras elecciones y representaciones. Ciencias humanas, ecología, etología: disciplinas que se dedican a deconstruir las jerarquías y a recordar que cada especie, desde el caballo hasta el elefante, desde el dromedario hasta el burro, transforma su entorno y moldea el mundo al que pertenecemos, lo aceptemos o no.

¿Cómo rehabilitar estas especies para proteger mejor la biodiversidad y repensar nuestro lugar en el mundo vivo?
Cambiar el destino de los animales poco queridos no pasa solo por bonitas palabras. Las prácticas de turismo responsable y de viaje ecológico transforman la forma de ver la fauna, sin limitarse a las estrellas del bestiario. Tomar el tren o el autobús, optar por el slow travel, es preferir modos de desplazamiento que respetan los territorios y reducen la presión sobre los ecosistemas. Esta forma de viajar, en las antípodas de la explotación animal o del turismo masivo, apoya la economía local y forja nuevos lazos con el mundo vivo.
Optar por un alojamiento en casa de un particular o en un hotel familiar fomenta el intercambio de conocimientos y la apertura hacia especies a menudo ignoradas. Visitar mercados, apoyar pequeños comercios, privilegiar productos de la agricultura ecológica o artículos cotidianos ecológicos (botella reutilizable, bolsas de algodón, jabón sólido): gestos que reinventan la convivencia con la fauna, lejos de la lógica del rechazo o de la estandarización.
Varias prácticas concretas se imponen para limitar nuestro impacto y respetar más la biodiversidad:
- Implementar la recogida selectiva y reducir los residuos a través de acciones simples como el uso de doggybags, bolsas de kraft o la compra a granel también protege los hábitats naturales.
- Caminar, desplazarse en bicicleta, es repensar la presencia humana en el paisaje y aprender a observar sin buscar dominar.
Rehabilitar las especies depreciadas también implica transformar nuestra vida cotidiana: consumir menos, mejor, y repensar nuestra relación con el otro, ya sea animal o humano. Esta evolución, impulsada por el turismo justo, el turismo solidario o la economía local, desafía la jerarquía entre los seres vivos. Entonces vislumbramos un horizonte donde el compartir el mundo se vuelve más equilibrado, menos dictado por nuestras únicas preferencias. ¿Y si, mañana, la curiosidad finalmente prevaleciera sobre el desprecio?